Entrevista a Selfa Chew acerca de El Ángel: “La historia de cada sicario es una historia de marginación”

Realizada por María Rascón el 15 de julio de 2020

Son muchas las mujeres que despiertan admiración en la frontera, pero Selfa Chew es, de manera indiscutible, una de las más grandes. Admiramos, entre otras cosas, la calidad de su escritura, la profundidad de su pensamiento y su compromiso con la rebelión ante la injusticia. Para mí es un honor compartir esta primera entrevista, basada en El Ángel, uno de los textos dramáticos que aparecen en el libro Cinco obras de teatro, publicado por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

1. El ángel es un símbolo de lo invisible, de las fuerzas que ascienden. Tiene incluso un aspecto protector. Giovanni Cornejo trabajó un tiempo para el Cártel de Sinaloa. Un día abandonó la organización y se convirtió en ángel llevando mensajes de paz en un letrero: “Leyzaola: Dios te ama y cuida”, “Sicario, Cristo te ama, arrepiéntete”. En tu obra no lo llamas por ese nombre, es simplemente El Ángel. ¿Cuál fue tu encuentro personal con esta historia?

Desde niña me he puesto de parte no de los que ascienden, sino de los ángeles caídos, aquellos expulsados del paraíso por faltas que incluyen la rebeldía, las expresiones de duda que hacen temblar al símbolo de autoridad máximo: Dios.  Satanás y el Diablo, como palabras, tienen su origen en la idea de “acusador” – también “calumniador”. Esta intención de confrontar al Dios hebreo y cristiano es intolerable, castigable; no hay que olvidar que se trata de sistemas patriarcales, de dominio absoluto, que crean y alientan la violencia y la venganza.

Los ángeles que piensan independientemente, que se atreven a articular críticas, se convierten en “calumniadores” y la pena es el escarnio eterno, la guerra sin cuartel.  En términos contemporáneos, parte de esa guerra es mediática, el construir la imagen de esos ángeles caídos de manera que quienes entren en contacto con ellos los rechacen, crean ciegamente que ellos son el origen de la violencia y dejen de cuestionar el reino patriarcal y destructivo judeocristiano. Por eso asocié las imágenes de Giovanni Cornejo con las de Lucifer/Luzbel y otros seres de luz intensa que al ser marginados crean sus propios mundos e ideas.

No fueron expulsados del mundo de los carteles, fueron antes expulsados por una sociedad a la que no le importa lo más mínimo la precariedad, la vulnerabilidad de la mayoría de la población. La historia de cada sicario es una historia de marginación que nos explota en la cara, en el corazón, en los pulmones a otros marginados. Pero en el momento de enterarme de que aparecían ángeles en las calles de Cd. Juárez, no tuve contacto directo con Giovanni Cornejo o con otres ángeles. Me pareció importante que les ángeles ofrecieran empatía y posibilidades de reconstruir nuestra ciudad en base al amor, que esa ofrenda no pudiera ser ridiculizada porque iba acompañada con sus experiencias atroces y en medio de ráfagas mortales a las que cualquiera se exponía en las calles en los momentos en que el narcogobierno y su ejército tomaron la ciudad.

Sin embargo, la imagen del ángel no se encuentra construida solamente con la de Giovanni Cornejo. El ángel es la representación de aquelles que han estado en el círculo del extermino y caen fuera de él; de les que se reconstruyen, se imaginan con otras agencias y otros sistemas de valores o sociales. Yo entré en contacto con otros hombres que habían sido esclavos de algún cartel, que también se habían rebelado, capturados nuevamente y regresado a su vida de sicarios o madrinas.  También leí entrevistas, notas periodísticas. Dolorosamente, existieron y existen caminos similares y esa multitud de Luzbeles es evidencia de que nuestra sociedad es el paraíso del capitalismo con su reflejo correspondiente: el infierno que todos vivimos en diferentes grados y responsabilidades.

Por otra parte, el activismo de Giovanni Cornejo y otres ángeles intenta contestar a la pregunta de si la literatura nos puede salvar. Los ángeles de Cd. Juárez crearon su script, su escenario, su vestuario y props para montar espectáculos que movieran a la gente. Leyzaola no era su único objetivo, era todo espectador inmediato o filtrado por los medios. Sus representaciones fueron una repuesta a la violencia, teatro de la calle, de sanación.  

2. El Ángel es una obra llena de detalles que la dotan de realismo. Sólo un comandante sabría que sin policías incorruptibles en los que pueda confiar pierde su poder. Me interesa conocer el tipo de investigación que hay detrás de la construcción de estas miradas, ¿alguna vez trabajó haciendo reportaje?, ¿realizó entrevistas con agentes policiacos?, ¿cómo fueron sus sesiones de trabajo.

Debido a que mi infancia, adolescencia y juventud transcurrieron en uno de tantos ciclos de desapariciones políticas, y a mi propia formación como periodista en la UNAM, tuve siempre interés por documentar la relación entre la formación de la temible policía paramilitar Brigada Blanca y el desarrollo de los carteles en México.  Mi familia está permeada por el luto, por las ejecuciones, secuestros y desapariciones de mis primos y tíos. Los lamentos eran fragmentos de dolor, tuve que reconstruir cada historia a través de mucho tiempo. Dada mi mentalidad infantil su sufrimiento me obligaba a estar atenta a todo lo que me pudiera dar una pista para saber qué había pasado con ellos (eran hombres todos esos familiares).

El silencio se expresaba en el cuchicheo, en lo que podíamos decir en los espacios privados, pero no en público, no a los que estaban fuera de la familia. Quería resolver esos misterios, esos hoyos negros, para terminar con el duelo suspendido de mi familia. Y luego en mi adolescencia la Brigada Blanca secuestró a amigos muy cercanos y a conocidos, a personas con las que mi hermano y yo habíamos estado en círculos de estudio a muy temprana edad, porque mi madre era trabajadora de maquiladora y en su intento de formar un sindicato se reunía con otros trabajadores a estudiar teoría y estrategias políticas que en ese entonces eran clandestinas.

Personas que lucharon con nosotros desde la secundaria contra diferentes manifestaciones del capitalismo salvaje desaparecieron de nuestra vida y algunos se encuentran en los registros de desaparecidos políticos. Por otro lado tuve familiares y amigos de la infancia que formaron parte de diferentes cuerpos policiacos. Algunos conscientes y otros no de sus papeles, pero estuve en su entorno, sentí sus luchas interiores, sus intentos de salvación personal, pero también colectiva. El mundo no se divide en buenos y malos, en policías y activistas. Hay activistas entre los policías y policías entre los activistas.  Víctimas y victimarios somos todos y a veces los ángeles, a veces los policías, son nuestro alter ego, el brazo armado que genera bienestar económico para los plutócratas, sí, pero también para la clase media que finge ser neutral.

No hubo sesiones de trabajo. Hubo familia y amistades con vidas completas e infiernos interiores a los que observé, leí y escuché. Una gran parte de la información que integré se encuentra en entrevistas o reportajes de otras personas.  Yo solamente la organicé de acuerdo con mis propias experiencias, intereses y sentimientos, le di sentido de acuerdo con mi propio contexto. Todo está ahí, finalmente, en los medios y en nuestra consciencia.  No lo veremos si no queremos ver.

3. Los policías, comandantes o agentes de la DEA que aparecen en esta obra, son personas corruptas que, encima, reprimen a la gente vulnerable mientras el crimen organizado se sale con la suya. Sin embargo, también vemos la otra cara de la moneda, el miedo que tienen los agentes de no morir en la balacera, que los torturen y luego amenacen a sus familias. Cuéntenos acerca de esta decisión.

Esta fue una decisión muy difícil porque no quería justificar la violencia estatal, policiaca, pero sí señalar al capitalismo, nuestro historial de colonización como generador de relaciones humanas en las que todos perdemos a final de cuentas. Perdemos la capacidad de establecer cuál es nuestra responsabilidad en la creación de entornos violentos, de admitir que sicarios y policías son lo mismo porque el capitalismo salvaje crea desigualdades enormes, individualismo, sentido de competencia, valores patriarcales que empujan a muchos a integrarse las instituciones de poder, oficiales y no oficiales –como los carteles. Y esas instituciones se mezclan, se separan, se confrontan, se abrazan continuamente.

No hay una definición clara porque son dos herramientas neoliberales de control de la población. Pero ya aterrizados nosotros nos envolvemos en esa misma dinámica continuamente y en la carrera por satisfacciones materiales inmediatas, por status social, o por supervivencia también, nos convertimos en cómplices de un sistema socioeconómico que debe desaparecer desde sus raíces o continuaremos siendo siempre múltiples versiones letales de nosotros mismos dependiendo de las circunstancias e intereses del momento.

Teun Van Dijk, experto lingüista, señala que las clases privilegiadas y sus intelectuales cultivan y utilizan los actos y el lenguaje de odio entre las clases marginadas. Quienes gozan de alto status socioeconómico pueden exhibir públicamente su horror ante la violencia real y simbólica ejercida por miembros de las clases explotadas en apoyo al sistema patriarcal capitalista. En privado, festejan esos mismos actos o lenguaje asesino. Entre les artistas e intelectuales hay quienes entrelazaron elogias al narcogobierno, quienes utilizaron lenguajes y ámbitos de poder para sostener el genocidio. Reciben premios y puestos de prestigio en los centros de la aristocracia cultural. Los policías y sicarios son la expresión, el reflejo,  de todos nosotros, además del de sus responsabilidades individuales. Ellos son nuestra otra cara.

4. Otra figura interesante es El reportero, siempre a la busca del retrato más sangriento. ¿Podría hablarnos un poco acerca de la estética del exterminio y cómo la atestiguó a su alrededor?

El reportero, como personaje de este texto, es un artista que naturalmente consigue esa estética de la violencia que es inseparable de nuestro entorno. Su trabajo y arte se producen en el contexto que todos generamos, no puedo atribuirle la responsabilidad a él solo de crear el mundo en que su arte no incluye el exterminio. Es el personaje que yo veo como el más humanizante. El reportero interviene a su pesar fuera del cuadro de la imagen que fija, su pesar consiste en cuestionamientos éticos sobre su profesión, sobre su participación como miembro de la comunidad que fotografía. Su pasión por la belleza no le impide cavar una tumba para un ataúd abandonado debido al terror de sus familiares y amigos de ser acribillados por los sicarios. Se solidariza con la persona aparentemente ejecutada, sin saber quién ni por qué fue ejecutada. No emite un juicio y se lamenta de que, hasta el último ritual, el de la muerte, el del luto, se nos niega.

Creo que el personaje del reportero nos invita a pensar, como todos los otros personajes, en que existen diferentes dimensiones en los actos de una persona, subjetividades, y que el juzgar a una persona por un solo instante, por una sola fotografía, por una sola expresión de su arte, consciencia, deseos, es un reflejo de nuestro entrenamiento para reflejar al Dios absolutista, cruel, dictador, vengativo.  No niego que existan actos atroces por los cuales se defina nuestra existencia y la de otros. Precisamente el sicario que arranca la vida de otros se define así, por un instante. Pero, otra vez, creo que el otre es un reflejo de nosotres mismos.  Ahora bien, el éxito del reportero se debe a la explotación visual de nuestro exterminio, muy cierto. Se ha incrementado esta capacidad de absorber y disfrutar imágenes de violencia extrema. Este personaje, en particular, intenta dignificar a las víctimas a través de sus fotografías. El personaje que yo imaginé trata de no crear imágenes de violencia obscena. Y finalmente se cuestiona constantemente si tuvo éxito o no en su propio intento de empatía, de solidaridad, un cuestionamiento que creo que debemos hacernos en todas las profesiones.

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Foto de Otratrenza.blogspot.com

5. La desaparición forzada de Florencio Coronel y Alicia de Los Ríos Merino, el asesinato de la activista Josefina Reyes Salazar, tienen un lugar en su texto. El teatro es considerado por muchos escritores como un espacio ideal para denunciar los crímenes del poder, ¿cuál es su opinión al respecto?

Yo participé activamente en los comités en defensa de los presos, desaparecidos, perseguidos y exiliados políticos desde mi adolescencia y, como decía antes, las desapariciones forzadas son parte de mi historia familiar por lo tanto estas desapariciones son un tema constante en todos los géneros en los que intervengo. Dejar de escribir sobre estas desapariciones en diferentes periodos de la historia de mis comunidades seria como tratar de arrancarme los ojos, el corazón, la memoria.

Estoy rodeada de desapariciones, la desaparición de los inmigrantes chinos y sus familiares a principios del siglo pasado, por ejemplo, es un trauma histórico generacional. Fueron desapariciones por ejecuciones, asesinatos y expulsiones del país acompañadas de torturas a veces. La desaparición de los japoneses mexicanos de su familia, de la frontera, durante la segunda guerra mundial. Esos nombres que están registrados como por accidente en algún lugar y que no tienen referente porque desaparecieron y no hay explicación si no la indago yo personalmente, son los que fluyen de mis dedos, de mi conciencia cuando escribo en cualquier género.

No sé si el teatro sea un espacio ideal pero los temas en mi escritura van más allá de un cálculo de efectividad en la denuncia. Escribir para mí es una necesidad, pero también es un acto de fe, fe en que habrá alguien que me lea, que, en el caso del teatro, no solamente que me lea sino desee representar la obra y potenciar los diferentes signicados que puedan tener mis obras, que no son de denuncia específicamente, sino de reflexión, de complejidades que tal vez contribuyan a un cambio personal y colectivo. Yo empecé a escribir teatro desde la secundaria, era un teatro de denuncia. Me creo menos capaz hoy de denunciar porque siento que la denuncia a través del teatro me situaría en un lugar de jueza para la que se requieren conocimientos, experiencias y éticas que me rebasan.  En cierta forma yo también coloco mis letreros, no pido el arrepentimiento, sino la reflexión, creo.  Y en el fondo una empatía compleja. No puedo aspirar a más.

6. “Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida mientras hace daño en otro”, “Si tomamos ojo por ojo todos acabaremos ciegos”; Gandhi y Nelson Mandela son los mensajeros de paz que usted escogió para acompañar la voz de El Ángel, su propio profeta. ¿Podría hablarnos sobre esta elección?

Las palabras me escogieron a mí para ser la mensajera. Existen aspectos de Gandhi y Mandela que rechazo casi visceralmente. El racismo de Gandhi, el sexismo de Mandela, por ejemplo. Esos mensajeros de paz esconden opresiones, contradicciones, sin embargo se presentan como modelos y el nombre vinculado a esas ideas nos hace voltear a considerarlas. Las tensiones entre su discurso y sus haceres no se pueden borrar ni tampoco ignorar, si las conocemos, pero no lesionan estas ideas que incorporé a El Ángel.

El estado del conocimiento popular que se tiene de estas dos personas, que superficialmente aparecen inmaculadas, las hace referentes de conciliación, de paz. Y bueno, de ahí tendrían que venir otras obras de teatro sobre esas dos personas, su tiempo, sus luchas, pero también sobre sus facetas opresoras. Lecciones de interseccionalidad que hacen falta y que de alguna manera intentaron darnos ellos mismos. La frase de Gandhi podría evidenciar una hipocresía tremenda porque pedía descolonización por un lado, pero apuntalaba el racismo y la homofobia. Aparte dormía con niñas desnudas de su propia familia. Espero que si alguna vez se pone en escena El Ángel, estas contradicciones sean visibles en la obra.  

7. El feminismo aparece en su escritura para alzar la voz por las mujeres asesinadas y desaparecidas; por sus madres, que las buscan sin encontrarlas. Las cosas parecen haber empeorado desde entonces. ¿Qué considera que podemos hacer las autoras para combatir esta violencia a través de la escritura?

Creo que las mujeres asesinadas y sus madres tienen una voz muy suya, que siempre ha estado ahí, que sigue manifestándose y que deseo escuchemos con mayor atención, porque deseo que su voz sea el centro de la atención. Como historiadora, lucho con la tentación de poner pies de nota en cada oración que incorporo a mi trabajo de teatro, citando con fidelidad cada fuente, cada palabra que viene ellas, pero mis guiones son principalmente palabras de otres, filtrados a través de mis sentimientos, de mis interpretaciones. Como historiadora trato de mantener intacta la voz, el testimonio. Como dramaturga organizo o desorganizo esos testimonios de acuerdo con mi forma de vivirlos o de percibirlos.

Nicanor Parra ha sido acusado de plagio porque recogía las “voces del pueblo.” En realidad todos los dramaturgos tomamos nuestro trabajo de nuestro entorno. Pero sigue siendo trabajo, sigue representando esfuerzo de selección, de entendimiento, de articulación en un nuevo espacio, distinto al que generó esas palabras. No es fácil escribir aun cuando lo hagamos con materiales adheridos a las vivencias de otras personas. La autenticidad de la obra descansa en mucho de la fidelidad con la que recojamos las vivencias y cultura de otros ambientes sociales y los propios, pero el arte exige originalidad, así que es como querer chiflar y comer pinole. (Ahora bien, copiar consciente e intencionalmente el trabajo casi por entero de otra escritora sin hacer la investigación ni darle crédito a esa escritora ya no lo considero ético, ni un recurso de la segunda o tercera escritura.)

Mi recomendación es investigar, respetar la vida y la imagen de las mujeres asesinadas, a las madres de las mujeres asesinadas, en lo posible, siempre y cuando ellas se encuentren dispuestas y en condiciones de hacerlo, pedir su consentimiento y revisar con ellas los textos antes de publicarlos. Ante mis errores esgrimo mi ignorancia como defensa así como mis intenciones de seguir aprendiendo nuevas formas de actuar y pensar. Familiarizarse con el feminismo como teoría y práctica social tal vez nos impida lastimar y lastimarnos en nuestro afán por buscar la justicia para las víctimas de femicidio y sus madres. Mi principal referente de feminismo es Angela Davis. Creo que siempre debemos revisar nuestros privilegios, de clase, de educación, de identidad etnoracial, por ejemplo.

El feminismo que solo aboga en la teoría o en la práctica por los intereses de la mujer de clase media no me interesa. El feminismo que es paternalista, ese que finge proteger a las mujeres a cambio de obediencia, o el misionero, no los apoyo. El feminismo que construye elitismos y fomenta la competencia y el mito de la meritocracia tampoco me atrae. Yo me voy a volver a equivocar, inclusive en los temas más cercanos, al presentar en mi trabajo el femicidio y la tortura diaria de las madres de las mujeres asesinadas, porque hasta el lenguaje evoluciona rápidamente, se ajusta a nuevas realidades y pesadillas, y a veces no lo alcanzo, pero prefiero equivocarme y generar diálogos y movimientos en torno a mis errores que mantenerme inmóvil ante la violencia patriarcal capitalista.

8. Por último, encuentro una fascinación en la cultura de la adoración a la muerte que apenas se asoma en la obra, lo suficiente para ponernos la piel chinita. ¿Hay algo en especial que la incitara a desarrollar esta figura mística?

Te cuento que mi abuelo era cantonés y que sus restos fueron sacados de su tumba sin autorización de sus familiares. No sabemos dónde colocaron sus restos. La administración del cementerio no admite siquiera que existió esa tumba, ese nombre, ese lugar de luto. Tampoco existe su registro de extranjero en México. Busque en el Archivo General de la Nación su expediente. Encontré el de mi tío, pero no el de él. Supongo que al leer un nombre chino los administradores del cementerio pensaron que nadie iba a notar la ausencia de su tumba y se beneficiaron de la doble venta de ese espacio. O sea, mi abuelo no existe oficialmente, ni vivo ni muerto.  No sabemos donde se encuentra los restos de mi hermano tampoco.

Sí tengo una obsesión es este grito contenido que denuncia el que arranquen con todo y raíz nuestras vidas. Que nos nieguen el derecho al luto digno es el colmo del dolor. Y esa desaparición de los registros me duele, me marca, como otras, pero no deviene en adoración por la muerte, sino en la necesidad de registrar tantas vidas como sea posible.  Son las personas más vulnerables las que expanden el vacío en el anonimato de sus vidas y sus muertes. Cuando veo esos altares, leo los himnos a la Santa Muerte y otras entidades, no puedo más que preguntarme el por qué de ese culto. Yo también me estremezco y rehúyo esos rituales, pero creo que mientras esta sociedad nos reduzca a vivir vidas miserables, palpablemente precarias, habrá quien se imagine protectores violentos, capaces de crear un mundo alternativo que reparte el poder democráticamente o al azar. Apostarle a la Santa Muerte es, siniestramente, un intento de salvar aquello que individualmente y en aislamiento valoramos como la más preciada de nuestras posesiones: nuestra vida. El culto a la muerte existe, yo solamente lo registro.

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Foto de Vice.com